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La villa de Cantavieja se localiza en la comarca del Maestrazgo en Teruel. Su origen se remonta a una población musulmana conquistada por Alfonso II en 1196. La villa y su fortaleza se entregan a la Orden del Temple y más tarde a la Orden de San Juan que lo custodian hasta bien entrado el siglo XVIII.
 
 
 
 
 
 
Cantavieja en el libro El Tigre Rojo
 
 
 
Parte Oficial de Guerra del dia 21 de mayo de 1938
 
 
Diccionario geográfico-estadístico-histórico de España.
Escrito por Pascual Madoz (1.845)
Puerta de ermita de Cantavieja (Teruel)
El correo llega los domingos por la tarde y los jueves por la mañana, y sale los lunes por la mañana y los jueves por la tarde; de Zaragoza por Alcañiz y Castellote y de Teruel por este último punto.

Producción: trigo, echada, avena, patatas, legumbres, hortalizas y frutas. Cría ganado lanar, caza de perdices, conejos, liebres y algunos animales dañinos, como lobos y zorras; y posea de barbos.

Industria: se ejercen los oficios mecánicos más indispensables como tejedores de lienzos, zapateros, herreros; hay fábrica de loza ordinaria, de curtidos y de paños y cintas de lana.

Comercio: consiste en la exportación de algunos de los objetos de industria como la loza, y los tintes a que concurren los pueblos comarcanos, en la del trigo y cula de los ganados que recrían en las casas de campo y después llevan a las ferias; y en la importación del aceite, vino y demás artículos que faltan.

Población: 343 vecinos, 1.374 almas

Historia: varios han dado a esta población el nombre de Cartago vetas, con grave error, en nuestro concepto, según veremos en el artículo de esta ciudad ilercaoiía. Su antigüedad es conocida; pero no así su origen e historia antigua.

Probablemente fue en su principio algún castillo montano de los que hablan los historiadores del Imperio, y a su abrigo fue amasándose con el tiempo y las vicisitudes, que corriera el país, el pobre cas. que podía sostener lo árido de su lerr. En su vista no dejaría de atribuirse con algún fundamento al tiempo de los árabes. Ganada a estos pasó al dominio de los caballeros de la orden de San Juan de Jerusalén.

Poco interesantes son los hechos históricos de esta población, hasta que viene la última guerra civil como una de las plazas más importantes de los carlistas en el Bajo Aragón. En 1830 conociendo Cabrera lo ventajoso de la posición de Cantavieja la ocupó y fortificó.

Estableció en ella una especie de maestrenía que se ocupaba, no solo en la recomposición de las armas, sino también en fundir algunas piezas de artillería.

En octubre del mismo año determinó el capitán general de Aragón, Don Evaristo San Miguel, tomar la plañí de Cantavieja a pesar de las grandes dificultades que ofrecía el llevar a dicho punto los proyectiles necesarios para ello.

Salió, pues, dicho San Miguel de Teruel el 14 de octubre con la primera brigada de la división; la artillería de a caballo y la compañía de zapadores y con todo el material necesario. El brigadier Nogueras, sofocada la intentada rebelión carlista que debía estallar en Mordía, se unió con San Miguel para ayudar a la toma de Cantavieja. El 25 recibió este general una comunicación del gobernador carlista de Cantavieja, en la que pretendía que dicha plaza, según los usos de guerra, debía estar a cubierto de todo género de hostilidades, en atención a que debía considerarse depósito de prisioneros; y que si no se verificaba así, pasaría a cuchillo los 900 prisioneros que tenia al primer cañonazo que contra la plaza se disparase.

Llegó San Miguel frente a Cantavieja con intención de romper el fuego contra la plaza el día 30, a pesar de las continuas comunicaciones que recibía de los carlistas; pero desde el día 28 se puso el tiempo tan sumamente frió, que los soldados no podían resistir a la intemperie.

Los que protegían la construcción de las baterías, no pudiendo tener lumbre, se quedaron todos casi yertos.

Dicho día 30 amaneció lúgubre, para las tropas que se hallaban delante de la plaza exánimes de frió, sin pan hacia 3 días, sin vino ni aguardiente, sin esperanzas de provisiones de ninguna parte, y abandonadas a su sola constancia en un suelo cubierto de nieve. Celebróse consejo de oficiales para ver qué determinación debía tomarse, y todos, exceptuando un brigadier que no era español, opinaron porque no se debía retirar el ejército sin la toma de la plaza. Rompióse pues el fuego contra esta el 31, con 2 piezas de a 10, mientras un mortero y los obuses hicieron caer algunas bombas y granadas en la misma, incendiando el fuerte, que abandonaron los defensores.

Contestaba la artillería carlista, pero sin el mejor éxito; pues apagados sus fuegos por los de la reina, quedaron los sitiados en el mayor conflicto atenidos a su fusilería, poco numerosa para contrarrestar las guerrillas que avanzaba el general San Miguel sobre todos los puntos vulnerables de sus fortificaciones. Estrechados tan de cerca los de Cantavieja, no pensaron mas en resistirse contra el valiente Nogueras, que acaudillando los tiradores había ocupado el fuerte exterior, llamado de la Ermita, y arrojándose desesperadamente toda la guarnición por los barrancos profundos que rodean la población, procuraron escapar en todas direcciones; pero los sitiadores tenían tomados lodos los pasos, en donde alcanzaron a más de 200, de quienes no dieron cuartel, dejándolos tendidos en el campo. Desierta toda la población parecía un lúgubre cementerio, y cuando los soldados de la reina se aproximaron a las puerta y trataron de hacerlas pedazos, les fueron abiertas el xx de noviembre por el capitán Don Pedro de Menchaca, que era uno de los oficiales prisioneros, el cual condujo a sus compañeros de infortunio en presencia del brigadier López y 900 prisioneros más de la acción de Jadraque , que desnudos, muertos de hambre y en la situación más lastimosa, habrían perecido víctimas del despecho de los carlistas de Cantavieja, si no hubiese sido porque Nogueras aconsejado por el brigadier Don Narciso López, que fue de parlamentario en compañía del arcipreste de Moya, habló á este con mucha entereza y energía sobre la suerte de los prisioneros.

Grandes eran los deseos que tenia Cabrera, en recuperar el interesante punto de Cantavieja, cuando, los vecinos de esta población se le presentaron manifestándole que se habían conjurado para entregársela, en cuanto se presentase; que el único obstáculo que tenían que vencer, era el desarme líe la guarnición compuesta de unos x50 hombres del inmemorial del Rey, lo que les sería fácil atendida la experiencia del comandante y gobernador de la plaza, que era un teniente muy joven.

Dio Cabrera a los comisionados de Cantavieja algunos regalos, y además el dinero que le pidieron para llevar a cabo es la empresa. Para no malograrla en vez de acercarse a la plaza, se apartó de ella para así no llamarla atención. Ofició pues, en términos ambiguos a Cabañero; este recibió al mismo tiempo una carta del subdelegado castrense de las fuerzas carlistas Don Lorenzo Cala y Valcarcel, en que como en broma le decía que procurase apoderarse de su silla episcopal. Cabañero, recibidas ambas comunicaciones, y habiéndosele presentado la ocasión por medio de los conjurados, según lo habían prometido a Cabrera, se dispuso a emprender aquella arriesgada empresa que de un modo tan emblemático le había sido anunciada, y entró con sus soldados por un boquete abierto en la muralla de dicha plaza al amanecer del 25 de abril de 1837, y desde la casa de un eclesiástico en la que le abrieron los conjurados aquel boquete, pasaron a ocupar la población. La guarnición que se hallaba imprudentemente alojada y dispersa por las calles, fue sorprendida y desarmada sin poder presentar la mas mínima oposición, logrando algunos oficiales y muy pocos soldados, refugiarse en el reducto de San Blas; pero a los pocos momentos se rindieron con la sola condición de conservar las vidas; pacto que Cabrera no cumplió, cuando avisado por Cabañero de que Cantavieja estaba ya por Don Carlos, pasó a ocupar dicha ciudad reforzando con sus tropas las de su lugarteniente.

Todos los oficiales prisioneros de Cantavieja fueron fusilados, a excepción de uno que debió su existencia a las relaciones amistosas de su familia con la de Cabañero. La toma de Cantavieja proporcionó a los carlistas la adquisición de 2 cañones de a 10, uno de a 8, un obús de a 7 y un mortero de a 12, los mismos de que se había servido en 1836 para su conquista el general San Miguel; también hallaron las piezas fundidas por Cabrera mientras este lado ininó, abundantes víveres y muchas municiones. Desde esta época en adelante sirvió a los carlistas la plaza de Cantavieja para el depósito de los prisioneros.

Aumentó Cabrera las fábricas de fundición de Cantavieja, y la proveyó bien de víveres, y de esta plaza sacó comestibles en 1838, para la plaza de Morella que atacaba el general Oráa. Desde esta población escribieron en junio de 1839, Cabrera y Don José Arias Teigeíro a Don Carlos, manifestándole el estado de brillantez en que se ha Haba el ejército carlista de Aragón y animándole para que no desmayase por lo ocurrido en el convenio de Vergara.

En este mismo año 1839, pasó Cabrera a Cantavieja al ver la aglomeración de fuerzas que el general Espartero dirigía contra él; ocupóse en los preparativos para una obstinada defensa, diciendo a los suyos con frecuencia: aquí moriremos todos, pero no nos rendiremos.

En abril de 1840 relevaron los carlistas con su cuarto batallón, el octavo que daba la guarnición a Cantavieja. Cabrera viendo las grandes fuerzas que se aglomeraban contra él, dio orden a la guarnición para abandonar esta plaza y pasar a reunirse con su jefe en el Bajo Maestrazgo.

El 11 de mayo tuvo cumplido efecto esta determinación, y la plaza de Cantavieja, contra la cual reunían las tropas de la reina un inmenso material para sitiarla, fue abandonada por los carlistas después de haber incendiado población y volado el almacén de pólvora del castillo. La explosión destruyó la fundición y algunos talleres; pero tan luego como O’Donell supo lo acaecido, pasó inmediatamente a posesionarse del punto desalojado, dedicando sus primeros cuidados a cortar el fuego y salvar el hospital, donde había algunos enfermos y heridos, que se ühraron de perecer Mi las llamas por el socorro de los soldados de la reina, consiguiendo además que la ciudad no padeciese cuantos horrores la estaban reservados, si el incendio no hubiese sido detenido y los desórdenes evitados.

Los fuertes exteriores llamados de las Horcas y San Blas, se encontraron en muy buen estado, aunque con la artillería clavada, y además de las 9 piezas que fueron abandonadas en la plaza, encontraron los nuevos poseedores muchos víveres y municiones.